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Fuera de juego

Emilio Pérez de Rozas

Alvy Singer.

 

Ingenuo, pensé que transmitir alguna emoción en las letras podía ser cosa de poesía, pero claro, entonces no había leído a Emilio Pérez de Rozas, feliz encadenador de prosaicas frases que en otro lugar se llamarían escupitajos y escribidor panfletario en momento triste, porque ni la profesión le reconocerán. La ira no suele ser poética, me respondo. No es un problema tan grave su grosería, que eso al fin y al cabo es convención. Es, por lo tanto, su amor al adjetivo, su adhesión frecuente al chiste lleno de furia y su grito populista y ensordecedor, indigno de las letras de las que se declara, al menos, escribiente. Y no es que yo conceda honores y orgullos, es que en la escritura se los concede el mismo autor con lo escrito, y busquen en Pérez de Rozas frases que no destilen furia o celebración.

 

Los sentimientos maniqueos son, a día de hoy, lo principal en cualquier opinión más o menos mediática. Entonces podría darme yo por atemorizado porque la sociedad no se ha abierto ninguna ucronía dickiana pero se lee en clave Pérez de Rozas. En clave acumulativa, de adjetivos a cada cual más expresivo e impactante como hacen los enfadados o en clave tal vez griega (ahí está su hermano de opniones contrarias y formidable optimismo). Entonces llegará seguramente Pérez de Rozas, sin ni siquiera maquiavélica inteligencia o arma sociológica, para descodificar el pensamiento mayoriario, y hablará del dinero de los demás sin preguntarse acerca del sistema, y hará del activismo una línea de ética permisible en la derrota. Y es lo que le faltaba, precisamente, a los poetas mismos: que viniera alguien a decirles que la derrota y la ganancia son incompatibles. Acabáramos.

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